La culpa es un excelente limitador de las potencialidades del ser humano. Se consolida en la infancia cuando de forma habitual y recurrente se agrede, castiga, y engaña al menor. A veces incluso, con castigos y agresiones que llevan implícita una importante dosis de humillación. La censura creativa, la manipulación, el chantaje, o el despotismo autoritario con el que algunos padres tratan a sus hijos, juega un papel determinante para que la culpa se instale en el disco duro del menor. Cuando el niño llega a la edad adulta, buscará el amor y el reconocimiento a través del único programa de culpa que fue instalado en su infancia, y que imperará de forma automática desde su inconsciente. Tendremos como resultado a un adulto inmaduro emocional, que establecerá relaciones con personas que le permitan seguir manteniendo un fértil estado de desvalorización. Permanecerá en una búsqueda incesante de reconocimiento a través del sufrimiento. La culpa será su vínculo afectivo con el mundo y la necesitará en dosis importantes durante el transcurso de su vida. El objetivo de cualquier persona desvalorizada, es la toma de conciencia del programa de supervivencia afectiva que lleva implantado, rescatar a su niño herido, perdonar y comprender el programa limitante de sus padres, restablecer los límites de respeto hacia sí misma, redefinir sus objetivos e intereses y, por supuesto, reconocerse y quererse abortando cualquier sentimiento de culpabilidad, para finalmente llegar a la inocencia (Arturo Fuente) ©
Pseudogenerosidad
(…) Dentro del contexto o escenario social en el que vivimos, con predominancia obscena al consumo frenético, existe un nuevo estandarte que sobresale por encima del resto, y que a modo de valor, se ha insertado en nuestra sociedad como referente de comportamiento, con cada vez más adeptos; el individualismo. La ética de la generosidad y de la cooperación que aprendimos todos en el colegio a temprana edad, y que también nos enseñaron nuestros padres y abuelos como un valor esencial de las relaciones humanas, ha quedado discriminado por la doctrina narcisista del amor a uno mismo. Este patrón de comportamiento, o filosofía de vida, se resume en un fundamento que hace apología explícita al “todo para mí, nada para los demás”. Viktor Frankl, célebre escritor austriaco, decía en su best seller “el hombre en busca de sentido” que al hombre se le pueden arrebatar muchas cosas excepto una (…) (Arturo Fuente) Pronto tendréis el artículo completo.
