Lucha de Gigantes

Las personas que tuvimos el privilegio de vivir la era no tecnológica de los noventa, crecimos en pandillas que hacían de la lealtad un estandarte de vida. Éramos jóvenes queriendo comernos el mundo a bocados. No teníamos teléfonos móviles, tabletas, ni ningún otro artilugio electrónico. Apenas veíamos televisión y solo algunos privilegiados tenían ordenador. Nuestro único entretenimiento estaba en las calles. La música formaba parte de todo, y la vida estaba llena de poesía. Habíamos dejado atrás la represión de los años de dictadura y ansiábamos libertad. Las calles estaban llenas de guitarras, litronas, y había drogas por doquier. Todos queríamos nuestro pedazo de cielo. No teníamos miedo a nada, y la vida se desarrollaba bajo una constante exaltación de la amistad. La colectividad se imponía a la individualidad, la generosidad se alzaba como un estandarte de una generación que compartía todo con complacencia. Nuestra verdadera familia estaba en las calles. Hacíamos barrio. Nos revindicábamos con vehemencia contra las injusticias, y dábamos la cara por los demás. Había una sincera admiración por quienes se oponían a seguir las estúpidas reglas del juego que algunos iluminados se empeñaban en imponernos.

Antonio Vega sonaba en casetes y las calles olían a marihuana. El caballo se llevaba a nuestros amigos, pero no había tiempo para despedidas. Vivíamos cada día como si fuera el último de nuestras vidas. El futuro era un futuro en subjuntivo, y nadie se guardaba nada para después, porque sencillamente después no existía. No practicábamos la mesura ni la moderación, y vivíamos inmersos en la filosofía del todo o nada. La felicidad se medía en base a la calidad del tiempo compartido. La Universidad se mamaba en las calles y algunos hicimos auténticas carreras sin título. Nuestras ansias de libertad, la búsqueda del placer, la diversión como fundamento de vida, nos llevó a muchos, paradójicamente, a descubrir las tinieblas del averno, y aunque la mayoría sobrevivimos, las drogas dejaron un importante legado de sangre. Las tragedias de unos, eran las tragedias de todos. La empatía era un valor visible, y las heridas se curaban en grupo. Huíamos de cualquier tradicionalismo dogmático, y nos rebelábamos groseramente contra quienes intentaban establecer un interesado orden de las cosas. Preferíamos el caos, porque el caos estaba lleno de belleza, y la verdad siempre ganaba a la mentira. Nosotros luchábamos por preservar nuestras creencias y valores, y defendíamos la libertad. Nos rebelábamos contra el mercantilismo obsceno de proxenetas de corbata, que hoy se lucran sin escrúpulos de una juventud cada vez más idiotizada y sumisa, y absolutamente subyugada al kraken de la tecnología. Nosotros, crecimos expuestos al mundo. Un mundo real del que apenas queda nada porque la tecnología se lo está comiendo todo. Apenas quedan barrios, apenas quedan calles, apenas quedan valores, apenas quedan personas, apenas queda verdad (Arturo Fuente)

2 comentarios

  1. ARter, qué extraordinario collage del pasado y que desdicha de presente nos presentas. Me temo que estás en lo cierto y que la sociedad se criaba en comunidad en el pasado está en vías de extinción…

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