¿Escuelas o cárceles?

Cuando en la educación sólo hay cabida para la culpa, el castigo, la censura, la represión, y todo ello dentro de un envoltorio de expectativas y proyecciones familiares, culturales y sociales, nos encontramos con adultos desequilibrados, con baja autoestima, con importantes necesidades de reconocimiento y aceptación, agresivos e intolerantes. Este arquetipo de adulto emocionalmente inmaduro y dependiente, suele reflejarse en hombres y mujeres que establecen relaciones de pareja de dependencia.

La oligarquía y el dogmatismo en nuestra educación actual, no tiene cabida para el diálogo ni el debate, y la evolución y el desarrollo de los alumnos se mide en parámetros de productividad y resultados que, por supuesto, se alejan de la capacidad reflexiva y de autosuficiencia ideológica de cada individuo. La inteligencia se categoriza dentro de un escenario de competitividad maquiavélico que fomenta la adquisición de conocimientos a través de un proceso de individuación, que discrimina el aprendizaje colectivo e interactivo. El compañerismo al final queda relegado a un ámbito que tiene más que ver con la sumisión al docente, que con los propios compañeros. La educación debería empatizar más con las inquietudes de los niños y alejarse de los intereses económicos, políticos y religiosos. Educar en el juego y la libertad, con menos exámenes, menos represión, más asambleas y participación. Menos competitividad (Arturo Fuente) ®