¿Escuelas o Cárceles?

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Vivimos en una sociedad que acostumbra a nuestros hijos a valores como la competitividad, el miedo, la obediencia, la sumisión, el castigo, la culpa, la censura del más mínimo atisbo de pensamiento crítico, la aceptación de normas, aunque sean estúpidas, la represión y, en definitiva, a una educación con tendencia a embutirles dentro de un pensamiento correcto, estereotipado, y socialmente aceptado de sometimiento moral y expoliación de la identidad. Todo esto contribuye a una sociedad con cada vez menos individuos auténticos y más personas cromo.

La educación actual, excesivamente intelectualizada (acumulación de datos inútiles), discrimina el desarrollo integral del individuo en los planos físico (no competitivo / juego), emocional, creativo-sexual, y espiritual. Cuando un niño es educado en el diálogo, la tolerancia, el juego, la pluralidad ideológica, y el empoderamiento de sus capacidades y recursos, de una manera no competitiva, se convertirá probablemente en un adulto feliz, lleno de autoestima y determinación, y capaz de relacionarse con otros adultos de forma saludable. Cuando en la educación sólo hay cabida para la culpa, el castigo, la censura, la represión, y todo ello dentro de un envoltorio de expectativas y proyecciones familiares, culturales y sociales, nos encontramos con adultos desequilibrados, con baja autoestima, con importantes necesidades de reconocimiento y aceptación, agresivos e intolerantes. Este arquetipo de adulto emocionalmente inmaduro y dependiente, suele reflejarse en hombres y mujeres que establecen relaciones de pareja de dependencia.

La oligarquía y el dogmatismo en nuestra educación actual, no tiene cabida para el diálogo ni el debate, y la evolución y el desarrollo de los alumnos se mide en parámetros de productividad y resultados que, por supuesto, se alejan de la capacidad reflexiva y de autosuficiencia ideológica de cada individuo. La inteligencia se categoriza dentro de un escenario de competitividad maquiavélico que fomenta la adquisición de conocimientos a través de un proceso de individuación, que discrimina el aprendizaje colectivo e interactivo. El compañerismo al final queda relegado a un ámbito que tiene más que ver con la sumisión al docente, que con los propios compañeros. La educación debería empatizar más con las inquietudes de los niños y alejarse de los intereses económicos, políticos y religiosos. Educar en el juego y la libertad, con menos exámenes, menos represión, más asambleas y participación. Menos competitividad (Arturo Fuente) ® Besarelcielo.com

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